320 g de arroz, 1 litro de caldo de verduras, ½ cebolla picada, 40 g + una c.s. de mantequilla, 150 ml (un vaso) de vino blanco, 50 g de queso parmesano, 200 g de champiñón en láminas, un puñado de rúcola
preparación
Calentamos el caldo y lo dejamos en la cocina al mínimo hasta el momento de utilizarlo.
Rehogamos la cebolla en la mantequilla.
Añadimos el arroz y lo rehogamos (unos 2 minutos) removiendo para que se haga por todos los lados. Incorporamos el vino y dejamos que reduzca casi a seco.
Vamos añadiendo el caldo poco a poco, según lo vaya absorbiendo el arroz, sin dejar de remover suavemente.
A los 18 minutos, mezclamos con el parmesano y una cucharada de mantequilla, ponemos el champiñón laminado por encima (sin mezclar) y rúcola.
Tapamos la cazuela y dejamos reposar de 2 a 5 minutos. Para el risotto, el arroz debería ser de tipo arborio o carnaroli. El bomba también funciona bien.
Cebolla roja, limón, lechugas distintas, tomate, calamar, pan rallado, harina, aceite y pan
Salsa César
2 huevos duros, 50 g de parmesano, 8 anchoas, 1 c.c. de alcaparras, 100 ml de aceite
preparación
Asamos la cebolla entera con su piel a 170º durante 15 minutos. La cortamos en láminas o en trozos y la cubrimos con zumo de limón y un poco de sal y dejamos macerar durante un cuarto de hora. Cortamos rebanadas de pan y las horneamos para tostarlas. También podemos hacer cuadraditos de pan y freírlos en abundante aceite.
Lavamos y troceamos el tomate y las lechugas y los dejamos preparados para el montaje final del plato.
Limpiamos los calamares, los cortamos en anillas, los secamos un poco y los pasamos por una mezcla de pan rallado y harina al 50 por ciento. Freímos y reservamos sobre un papel absorbente.
En un mortero, majamos las anchoas, con las yemas, las alcaparras y el parmesano. Añadimos un poco de aceite (y un poco de agua si se quiere) y trabamos la salsa a voluntad. Se puede utilizar la batidora, pero el resultado será diferente.
Montamos el plato poniendo todos los elementos en él de forma armoniosa.
3 huevos, 125 ml de leche, 150 g de azúcar, 150 g de harina de trigo, 75 g de harina de arroz, 75 g de mantequilla, 1 c.c. de levadura química (Royal), ralladura de ½ limón, una pizca de sal
preparación
Batimos la mantequilla en pomada con el azúcar.
Vamos añadiendo los huevos, uno a uno, y batimos fuertemente.
Incorporamos la leche y añadimos una pizca de sal y la ralladura de limón.
Mezclamos en un cuenco las dos harinas y la levadura y tamizamos sobre el batido.
Volvemos a batir con energía y repartimos la masa en los moldes, ya preparados con sus papeles (si no los tenemos, podemos poner cápsulas de magdalenas. O hacerlo en un molde de cake, con un papel de horno).
Horneamos en horno precalentado a 200º durante 5 minutos. Después bajamos la temperatura a 180º y los dejamos otros 15 minutos.
Si se quiere, antes de meterlos en el horno se pueden espolvorear con azúcar o bien espolvorearlos con azúcar glas cuando vayamos a servirlos.
“Te dejo. Los niños van a llegar del colegio y todavía no les he preparado la comida”. El punto final a la animada cháchara de dos mujeres que quizás se habían encontrado a la puerta del Mercado, se oye cada vez menos en las calles españolas. Pero en un tiempo, no tan lejano, aunque las más jóvenes no lo recuerden, fue muy habitual. Eran los años en que la mujer no había accedido masivamente al trabajo asalariado y tenía como una de sus ocupaciones básicas preparar la comida para el marido y los hijos.
Según la economista norteamericana Deirdre McCloskey, en 1900, una familia media americana dedicaba 44 horas semanales a preparar la comida. Ni que decir tiene que casi todo el peso de este trabajo, por no decir todo, recaía en las mujeres de la casa. Y aunque la doctora McCloskey no lo diga, cabe pensar que había sido así desde siempre. Sin embargo, en el siglo XX las cosas cambiaron rápidamente, impulsadas tanto por el avance técnico (cocinas eléctricas y de gas, microondas, ollas a presión, etc.) como por la incorporación de la mujer al trabajo, que sencillamente hacía imposible que pudieran pasar tanto tiempo entre fogones, por más que Santa Teresa proclamara que también entre los pucheros está el Señor. En 1960, el tiempo medio que una familia dedicaba a preparar la comida había caído a 10,5 horas semanales y en 2008 se empleaba poco más de una hora al día, en el caso de las familias de menos ingresos, porque las de ingresos más altos sólo le dedicaban media hora diaria. Los datos, como digo, se refieren a Estados Unidos, pero en España la situación es muy similar: según el estudio realizado por la consultora GfK, los españoles dedicamos a cocinar 6,8 horas semanales, un tiempo en el que, como mucho, da tiempo para preparar unos bocadillos y el desayuno, aunque aquí somos muy amigos del café en el bar, con churros o una tostada con tomate.
En resumen, cada vez son menos las personas que preparan su propia comida, ya sea por comodidad o por falta de tiempo. Ya no está vigente la sintonía de aquel mítico y pionero programa de Elena Santonja: “siempre que llegas a casa, me encuentras en la cocina, embadurnada de harina, con las manos en la masa…” La pereza ante la cocina ha disparado el consumo de alimentos preparados; la falta de tiempo hace que cada vez sean más las personas que comen fuera de casa. Según una encuesta de Edenred, la empresa inventora del conocido Ticket Restaurant, un 72 por ciento de los trabajadores españoles (no se incluyen jubilados, niños ni personas sin trabajo) come fuera de casa. Y en las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, el porcentaje sube más de 10 puntos, porque las distancias hacen todavía más difícil regresar a casa en la pausa del almuerzo.
En definitiva, en un país donde los programas de cocina rompen índices de audiencia en las televisiones, en el país de los grandes chefs, en uno de los baluartes de la dieta mediterránea, dentro de poco se nos habrá olvidado cocinar. En Londres, una inmobiliaria, promociona ya pisos sin cocina.
Pero, quizá no haya que preocuparse tanto.
Hay muchos indicios de que la cocina, más que un trabajo rutinario y diario, destinado a cubrir las necesidades alimenticias de las personas, se está convirtiendo cada día más en un hobby, una forma de disfrutar de la vida. Según una estadística publicada por la página Statista, un 13 por ciento de los españoles cocina diariamente por diversión y otro 32 por ciento se pone el delantal al menos una vez por semana para disfrutar y hacer que disfruten familiares y amigos. Y si no se cocina más no es por falta de ganas: el estudio de GfK que citábamos antes señala que casi tres de cada diez españoles y españolas (aquí no hay muchas diferencias por sexos) son apasionados de la comida y de cocinar. Y entre los millenials aumenta la afición, día a día: el 42 por ciento asegura en una encuesta que les encanta la cocina, casi 15 puntos por encima de sus padres.
Dominguero fue una palabra que se acuñó en los años 60 para nombrar a esas personas que, llegado el último día de la semana, montaban de mañana en su “Seiscientos” y se extendían como plaga de langosta por las zonas rurales, que ya entonces comenzaban a despoblarse. Con todo cariño, creo que pronto podremos llamar domingueros a esos miles de amantes de la cocina que, llegado el fin de semana, se ponen el delantal y, cual modernos alquimistas, tratan con todo su amor de proporcionar excelsos placeres gastronómicos a la gente que quieren.
Aunque, a veces, se les queme el asado.
A ver qué dice la RAE. Imprimir
1 bote de garbanzos cocidos, harina, repollo, masa de empanadillas, ajo, pimentón, comino, aceite
preparación
Lavamos y escurrimos bien los garbanzos.
Los secamos, los pasamos por harina y los freímos en aceite. Los escurrimos en papel cocina y reservamos.
Cortamos el repollo en juliana y lo cocemos durante 5 minutos en agua salada. Escurrimos.
Rehogamos el repollo en aceite con ajo, pimentón y comino. Dejamos enfriar.
Rellenamos* las empanadillas con el repollo y los garbanzos y las guardamos en la nevera para freírlas minutos antes de servir.
*Para dar forma a las empanadillas, ponemos cada una sobre la mesa sin quitarles el papel que separa las distintas láminas. Es decir, cada empanadilla quedará sobre el papel cuadrado que lleva debajo. A continuación, doblamos el papel juntando dos picos que formen diagonal de manera que el papel envuelva la lámina de empanadilla y su relleno. Después, sin quitar el papel, presionamos poco a poco por fuera para que se unan las “pestañas” de la empanadilla. Cuando vayamos a freír, bastará con quitar previamente el papel.
Salchichas frescas de carnicería, bacon, queso de barra, palos de brocheta, aceite
preparación
Freímos las salchichas por todos los lados y dejamos que enfríen.
Las cortamos en cuatro trozos cada una, abrimos cada trozo como si fuera un bocadillo y lo rellenamos con un trozo de queso.
Envolvemos cada trozo de salchicha con media loncha de bacon y cerramos con un palo de brocheta. Ponemos un papel de horno en la bandeja del horno y colocamos sobre él las salchichas así ensartadas.
Horneamos a 210º hasta que las veamos bien doradas.
Acompañamos, si se quiere, con salsa de tomate y pimientos de padrón.