16 de enero de 2017

Mercados marroquíes

No es fácil para un europeo medio reunir ánimo para entrar en un mercado marroquí. Aunque en nuestras ensoñaciones llegamos a creernos que somos capaces de la aventura y que podemos preferir las emociones fuertes al confort aséptico con que vivimos al norte del Estrecho de Gibraltar, la realidad, reconozcámoslo, es que a la inmensa mayoría de nosotros tiene que forzarse mucho para adentrarse en mundos como esos, donde las moscas son dueñas y señoras, el suelo es polvoriento o, peor, mojado y encharcado a veces por líquidos no precisamente cristalinos, y los olores no se confundirían con el del ámbar.
Quienes viajan a Marruecos son más de esos maravillosos zocos, donde esquivar los requerimientos inasequibles al desánimo de los vendedores; donde regatear hasta conseguir artesanía a ilusorios precios de ganga (el vendedor siempre te dejará que te hagas la ilusión de que compras al mejor precio posible) o donde, simplemente regalarse la vista y el oído con ese mundo tan ajeno a nuestros reglamentados e higiénicos usos comerciales.

Mercados
Un mercado de alimentación es otra cosa. Uno entra en el de Mecknes, en el de Essaouira, en el de Nador y se encuentra transportado casi a la Edad Media. Todavía recuerdo la nave de pescados del Mercado de Nador, en la que los pescaderos, desde lugar prominente, como si te despacharan de pié desde lo alto del mostrador, cortaban el pescado con largos y afiladísimos sables, que recordaban las cimitarras.
 
Allí compramos algunos de los pescados más frescos y exquisitos que he comido.
Y aquel encantador mercado de Essaouira, donde el pescado casi pasaba directamente de los barcos a los compradores, y, por si alguien pensara que podía perder frescura, los propios vendedores te lo hacían a la parrilla y lo podías comer inmediatamente en unas mesitas dispuestas al efecto. Esto lo puedes hacer ahora en el mercado de San Antón, en Chueca, pero está lleno de hipsters y el puerto no está tan cerca.

El mercado de Meknes
Mecknes, la Mequinez del protectorado español, tiene otro de esos mercados de las mil y una noches. Se sitúa en un lateral de la plaza de el-Hedim, uno de esos espacios mágicos, siempre abarrotados de gente, cuyo ambiente, según Juan Goytisolo, debe ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. Para llegar a él hay que sortear grandes puestos de cerámica, llenos de color y en los que nadie, salvo algún turista despistado, parece comprar nunca. A la puerta, mendigos, ciegos y lisiados como sacados de la Edad Media esperan una limosna.
Cuando entras casi te duelen los ojos con el espectáculo de los puestos de especias, exhibidas a granel en montones cónicos, perfectamente construidos, de bellísimos y fuertes colores que ofrecen sus delicados aromas al comprador y recuerdas como, aquí, a fuerza de reglamentaciones y normas para el consumo, nos hemos olvidado de que los alimentos, y más las especias, tienen olor. Y junto a las especias, las hierbas, cada una para su guiso o para remediar cualquier mal, incluso el de ojo. Y los puestos de dátiles, ordenados casi militarmente de acuerdo a cada variedad, calibre, color…
O el oloroso negocio "sólo hierbabuena", que lleva al máximo la especialización.
Tras pasar deprisa junto a las carnicerías, donde puedes encontrar una cabeza desollada de vaca que te recuerda que la carne no crece en bandejas cerradas con celofán, pasas por los puestos de aceitunas para descubrir que en el país del aceite no llegamos ni a imaginar la increíble variedad que hay de ellas y cuantos colores pueden llegar a tener: ¿sabías que hay aceitunas rojas.
Los puestos de los pastelitos son también para quedarse extasiado mirándolos, si no fuera por las numerosas avispas que acuden atraídas por los dulces y que los vendedores se esfuerzan por apartar. Y todo ello con un trajín continuo de compradores, proveedores, con sus sobrecargadas carretillas, y vendedores solícitos para los que tu pareces siempre la cliente favorita.
En este ambiente insólito, a la salida, un encantador de serpientes le puso una bien grande a mi amigo Eduardo a modo de corbata, mientras mostraba su dentadura discontinua en grandes carcajadas. Eduardo aguantó el tipo sin perder la sonrisa.

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